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Respuesta a Conan traducida.



La respuesta.

El largo artículo escrito por Eric Conan titulado “¿Es Alain Badiou, el filósofo estrella, un hijo de puta? y publicado por la revista semanal “Marianne” (27 de febrero de 2010) es por excelencia un síntoma político de nuestros tristes tiempos. El título es notable de acuerdo a los arquetipos actuales y un ejemplo de las producciones más representativas de la ideología que prevalece.

Se trata de un proceso inquisitorio que intenta presentar al filósofo francés más leído, traducido y comentado en el mundo (lo cual es un hecho) como una especie de gurú sádico, un criminal político o un sediento y lascivo vampiro.

El artículo de Eric Conan busca desacreditar el nombre de Alain Badiou y al pensamiento que él representa hoy en día (y más allá), especialmente entre los jóvenes intelectuales. Este artículo es un disfraz que, bajo el gesto de una investigación, pretende criminalizar al humano.

El artículo de Eric Conan, de hecho, no únicamente carece de la comprensión filosófica necesaria sino también de la comprensión política suficiente sobre la obra de Badiou. Es de una vacuidad absoluta. Lo único que revela es la estrategia de un periodismo rastrero y su desorientación en lo inesencial: un periodismo que reemplaza las ideas por los ataques “ad hominem”, un periodismo que se basa en el arte de encontrar pensamientos e ideas en los alegatos e incidentes personales.

El artículo de Eric Conan es ejemplar del régimen de no-pensamiento de nuestros tiempos. Él constituye la quintaesencia, más o menos inconsciente, de una ideología dulce y opiácea de un cierto periodismo que se ha extendido ampliamente: uno que incluye a una obra sin leerla, un periodismo que se reduce a una cacería de brujas de todo aquél que vea al comunismo como el reverso del nazismo, que entre los ciudadanos que afirmen esta oposición no vería sino gente básicamente enferma. La ecuación aberrante de nuestro tiempo es de hecho la siguiente: comunismo = nazismo. Punto.

Contra todo lo anterior afirmamos lo siguiente:

La obra de Badiou es la de un gran filósofo. Todos aquellos que quieran contestar este punto deberán pasar por los arcanos de “El ser y el acontecimiento” y “Lógicas de los mundos”. Veremos entonces si negar este punto no es producto del resentimiento de no haber entendido nada.
Las posiciones políticas de Alain Badiou son varias, a saber: por un lado su crítica al “capital-parlamentarismo”, a la confusión entre la democracia vacía y su fuerza viva, al show de la representación parlamentaria; por otro lado la afirmación de un “comunismo genérico” sostenido por la Idea de igualdad y de un Espartaco actual: son ellas las únicas posiciones que merecen hoy el nombre de una auténtica política

El resto es una política bien establecida, bendecida tanto por las estructuras como por los hombres y cuya crítica es asimilada inmediatamente a las figuras de los hombres lobo o de los diabólicos antidemócratas. Esta actitud se suma a una versión canalla de nuestra ideología: una que es medio consciente de su propia esencia. En otras palabras, cuando 9 millones de hombres y mujeres en todo el mundo mueren de hambre o enfermedades cada año preferimos hablar de “la mano suertuda” o “la mano tramposa” del futbolista Henry. O cuando le asignamos un status de delincuente a un árabe o a un negro que busca asilo; cuando hacemos al mundo creer que el principal problema actual es derrotar al terror de Al Qaeda; cuando incurrimos en la confusión de agrupar mil quinientos millones de musulmanes (los cuales son muy diferentes unos entre otros) en la categoría de un fenómeno sectario. Hacemos una excepción con la burka, el velo, el cual es incidentalmente no menos desagradable que hacer del derecho a tener el pelo rojo el debate más importante de nuestra sociedad.

El resto, o la política que no es auténtica, es cuando avalamos al fantasma de la democracia cuyas raíces se encuentran en nuestras viejas instituciones y sus variables parámetros geométricos, volviendo obsoleto el voto de la gente europea convirtiéndolo a través de un abracadabra en una cámara de diputados. Es ahí cuando los ciudadanos día a día son presentados bajo categorías ridículas: los malos comunistas y los buenos demócratas, la buena América y al mal Sadam… Es justamente ahí cuando hablamos de la Revolución Francesa con gran glamour y satanizamos a la Revolución Rusa; es ahí cuando dividimos al pueblo y al Estado para que se gobierne mejor, mientras observamos a los increíbles flujos financieros crearse y desaparecer de maneras impresionantes. En fin, cuando nos encontramos satisfechos con el mundo tal como está… Es ahí cuando creemos que lo posible es imposible.

Es difícil entonces hacer pasar a Alain Badiou como un loco solitario. La verdad es que estamos hartos de estas mentiras, de la complacencia con el sistema y nunca renunciaremos a la “Idea del comunismo”. Esta “Idea”, así de problemática como es, así como sea su nueva forma de realización, así como sean las criticas que le hacemos a su historia en el siglo pasado, así como sean de diferentes sus proposiciones, estamos seguros de una cosa: que el comunismo que hay que reinventar, el que debe ser nuevo pero hoy está todavía indefinido, es el único futuro para la humanidad. Porque esta Idea es eterna y la única política verdadera, la única justicia que la razón humana puede sanamente concebir.

Les guste o no, el tiempo de los filósofos sin escrúpulos y arrivistas ha pasado. No son tiempos de los “nuevos filósofos” sino de los filósofos de la renovación.

Slavoj Zizek y Fabien Tarby, filósofos

Traducción: Carlos Gómez Camarena.

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