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Changement de propriétaire.




LOS CAMINOS DE LA RENEGACIÓN
Entrevista de Eric Hazan a Alain Badiou.


Uno de los aspectos más sorprendentes del ascenso al poder de Sarkozy fue el apoyo que recibió por parte de renegados de la izquierda, de chaqueteros como André Glucksmann. En tanto que alguien que todavía lleva la misma chaqueta, ¿cómo explicarías este extraño fenómeno?
Creo que es preciso considerar la cuestión en perspectiva o, para ser más exactos, examinarla desde más cerca. En primer lugar, habría que preguntarse más bien: ¿por qué tantos maoístas de Gauche Proletarienne? Puesto que uno descubre que los que se han «echado a perder» de esa manera proceden de aquella organización. En segundo lugar, que yo sepa, sólo unos pocos militantes de base de GP dieron ese bandazo. Así que, para dar a su pregunta un carácter algo más técnico, diría: ¿por qué tantos miembros de la dirección de GP dieron ese giro tan grave?
Había otras organizaciones maoístas, la UCFML, por ejemplo, en cuya fundación participé, junto con Sylvain Lazarus, Natacha Michel y otros, en 1970. De hecho, Lazarus y Michel procedían de GP, a raíz de una escisión, mientras que mi historia previa era completamente diferente: yo procedía del PSU [Parti Socialiste Unifié], los socialdemócratas. No conozco un solo dirigente o activista de nuestra organización que se echara a perder en el sentido en que estamos hablando aquí. Miembros de otras organizaciones, como la GOP y VLR, a menudo volvieron al PCF, y había unos cuantos grupos, en particular el PCMLF, cuya intención era más bien la de reconstruir el vetusto Partido Comunista, que ya por entonces se encontraba en una condición penosa. Por regla general, esas personas siguen hoy situándose de alguna u otra manera «en la izquierda».
Pero aquellos que «se echaron a perder» de manera pública y espectacular –llegando algunos de ellos, como Glucksmann, a convertirse en partidarios oficiales de Sarkozy–procedían de hecho de GP, que, por regla general, era hegemónica en ese entorno, en particular entre los intelectuales.
Podríamos mencionar a Serge July, fundador de Libération, a Benny Lévy, que era la figura principal de GP, Jacques-Alain Miller, Jean-Claude Milner, Olivier Rolin, jefe del ala militar, o de hecho el propio Glucksmann, que ingresó bastante tarde en aquel entonces, pero que ingresó al fin y al cabo. Había también intelectuales menos conocidos, como Jean-
Marc Salmon, que fue una figura importante en Vincennes y que luego se convertiría en un acérrimo proamericano.
Hay varias maneras de entender este fenómeno del «cambio de chaqueta». La primera es que muchas de estas personas manejaban un análisis erróneo de la situación de aquel periodo, durante los años 1966-1973; pensaban que era realmente revolucionario, en un sentido inmediato. Los hermanos Miller me respondían con las fórmulas más tajantes al respecto.
Unos años más tarde, alrededor de 1978, les pregunté: « ¿Por qué abandonáis así, tan de repente?». Puesto que lo dejaron todo bruscamente –todavía hoy hay trabajadores de cierta edad, malíes que trabajan en albergues, marroquíes que trabajan en las fábricas, que nos preguntan: «¿Cómo es posible que, de la noche a la mañana, no volviéramos a ver a esos tíos?»–. Jacques Alain-Miller me dijo: «Porque un día me di cuenta de que el país estaba tranquilo». Y Gérard: «Porque comprendimos que no íbamos a tomar el poder». Fue una respuesta muy reveladora de personas que no concebían su empresa como el comienzo de un largo viaje con muchos flujos y reflujos, sino como un paseo hacia el poder. Gérard no dijo otra cosa de modo completamente inocente, y más tarde ingresó en el Partido Socialista, lo que a su vez es otra cosa distinta.
Así pues, una comprensión errónea de la coyuntura, que condujo a la frustración de las ambiciones o a la constatación de que aquello iba a acarrear grandes dificultades y una dura labor en una situación que no era en absoluto prometedora. Cabría considerarlos, desde una óptica balzaciana, como jóvenes ambiciosos que pensaban que iban a tomar París a fuerza de entusiasmo, pero que terminaron dándose cuenta de que las cosas eran algo más complicadas. La prueba de ello es que buena parte de estas personas se han hecho con posiciones de poder en otras partes, en el psicoanálisis, en los medios de comunicación de masas, como comentaristas filosóficos, etc. Su renuncia no fue del tipo «volveré al anonimato», sino más bien del tipo «no tenía buenas cartas, así que voy a buscarme otra partida».
Hubo un segundo principio implícito en este cambio total de posicionamiento político, menos balzaciano y más ideológico. Éste fue encarnado por los «nouveaux philosophes» –quienes a su vez forman parte de una larga historia– y por aquellos que les siguieron, a menudo con una cierta honestidad y no necesariamente movidos por intereses personales. Lo que pasó entonces fue una transición desde la alternativa entre «el mundo burgués o el mundo revolucionario» a aquélla entre «el totalitarismo o la democracia». Cabe fechar con exactitud ese desplazamiento: empezó a articularse en 1976, y un cierto número de antiguos activistas de GP estuvieron envueltos en su presentación. No sólo ellos, sino ellos junto a otros. Éste es el caso, en particular, de Christian Jambet y Guy Lardreau, cuando escribieron su libro L’Ange, una especie de balance filosófico de su participación en GP4.
Aquí puede verse en acción el cambio total de posicionamiento político.
Éste gira en torno a la idea de que, llegado a un cierto punto, el compromiso total se torna indistinguible de la esclavitud total, y la figura de la emancipación, indistinguible de la de la barbarie. Sobre esto se injerta la cuestión de los campos soviéticos tal como fue descrita por Solzhenitsyn.
Por encima de todo estaba el tema de Camboya y de Pol Pot, que tuvo una importancia fundamental para aquellos que habían estado implicados activamente en el apoyo a la causa de los jemeres rojos y que descubrieron el horror que contenía aquella historia. Todo esto dio pie a una especie de pauta discursiva del arrepentimiento: «He descubierto que el radicalismo absoluto puede tener consecuencias espantosas. Por consiguiente, sé que, por encima de todo lo demás, debemos asegurar la conservación de la democracia humanista como barrera contra el entusiasmo revolucionario».
Puedo aceptar, desde luego, que mucha gente creyera esto sinceramente, y no sólo porque buscaran ser un foco de atención mediática. Algunos de ellos siguieron siendo personas honestas, como Rony Brauman, como Jambet y Lardreau, que fueron muy lejos en esa dirección pero luego se detuvieron: vieron que no había motivo alguno para volverse proamericanos y hacer las delicias de tipos como Sarkozy5. Por regla general, estas personas, los que podríamos denominar renegados honestos, se resignaron a la política del mal menor, que por una u otra vía siempre conduce al Partido Socialista. Pero otros, como Glucksmann, instrumentalizaron ese miedo al totalitarismo y cabalgaron la ola que ese miedo creó. Vieron que la figura del renegado del proyecto comunista, que aparece en la escena mediática para estigmatizar su horror y que es capaz de decir que ha sufrido ese horror en su propia carne y relatar cómo se salvó por los pelos, cómo estuvo a punto de convertirse en un polpotista, podía llenar un hueco de mercado. No estaban equivocados: fue una maniobra orquestada, se les abrieron todas las puertas, era difícil ver a alguien más por televisión; crearon un imperio mediático intelectual a partir de ese asunto.
¿Y cuál fue el caso de BHL?
Bernard-Henry Lévy, como puedes imaginar, nunca fue un maoísta muy convencido, sino más bien un simpatizante. Pero estaba Olivier Rolin, que terminó haciéndose un nombre importante en el mundo literario. Y hubo otros, que eran militantes o simpatizantes de GP, tales como Jean-Claude Milner, quien, en la década de 1980, a partir de su libro Les noms indistincts, declaraba que las libertades formales no eran ninguna bagatela y que el asunto camboyano debería ser denominado «genocidio». Pero Milner es una transición a un tercer punto de entrada.
Esto implica la larga historia de Palestina-Israel, la cuestión del nombre «judío», etc. Este aspecto era de suma importancia en el caso de GP, cuyo personaje central era Benny Lévy, alias Pierre Victor. Él era el líder carismático de GP y, para colmo, había sido ungido por Sartre. Tenía una gran capacidad para la seducción intelectual, así como una gran fuerza de convicción, una combinación que cautivó a muchos activistas antes de seducir a Sartre. Este tercer aspecto no puede ser considerado al mismo título que los demás, esto es, como un evidente giro de ciento ochenta grados, como un acto de renegación; se trataba más bien de la idea de que hay algo más elevado que la política. Benny Lévy podía sostener, en lo esencial, que a fin de cuentas a él sólo le había interesado una cosa, lo absoluto, y que su participación en GP fue una aproximación errónea a ese absoluto. En todo caso, se convirtió en un sentido muy preciso: pasó de la política progresista a los estudios judíos. A sus ojos de converso, el compromiso político revolucionario no sólo parecía secundario y limitado sino un camino equivocado. Todo lo cual equivale a una variante sofisticada de renegación.
Muchas personas que salieron de GP emprendieron ese camino. Sin llegar a los extremos de Benny Lévy, haciendo de la religión y de la identidad judía el centro organizador de su existencia. Pero sí que convirtieron –tanto si eran judíos como si no, no es éste el factor decisivo– el exterminio de los judíos europeos y el nombre «judío» en los emblemas en torno a los cuales todo el mundo debía unirse, contra todo radicalismo político, que estaba destinado a terminar en totalitarismo. Todos aquellos que llevaban tiempo preocupados por la cuestión de Israel, y aquellos que, en un determinado momento, a menudo por motivos personales (ser antiislámico es una posición siempre muy cercana al «miedo a las masas», un miedo a los banlieues y a los pobres), se volvieron antiárabes, todos ellos cayeron en ese simbolismo. En este feo asunto desempeñaron un papel nada despreciable un cierto republicanismo profesoral, hecho de un laicismo tan beligerante como corrupto, y un feminismo de ínfima categoría.
Unos ingredientes de los que Le Pen, en primer lugar, y luego Sarkozy fueron los únicos en beneficiarse políticamente.
Concluyendo, diría que GP estaba marcada por tres características: en primer lugar, una especie de megalomanía impaciente respecto al curso de la historia, una convicción de que los maoístas estaban en condiciones de tomar el poder o, al menos, de dar un vuelco a la situación muy rápidamente. En segundo lugar, estaban sumamente ideologizados: lo único que recogieron de la Revolución cultural fue que la ideología y la reeducación personal ocupaban el puesto de mando, lo que les condujo al lanzamiento de una serie de campañas absurdas, completamente al margen de la realidad, fruto de un puro ideologismo, de un radicalismo que era tan vehemente como imaginario. Recuerdo cómo, de resultas de esa sobreestimación de la ideología, crearon comités «apolíticos» de lucha en Renault Billancourt. Se anticipaban ya al odio de Milner hacia la «visión política del mundo». Estuvieron a un paso de la lucha armada y, en el momento en el que se echaron atrás, se produjeron también una serie de giros de ciento ochenta grados, siempre envueltos en una retórica de compasión y arrepentimiento: «Mirad hasta dónde estuve a punto de llegar». En tercer lugar, eran siempre comunitaristas. Una de nuestras numerosas peleas con ellos –nuestras relaciones siempre fueron atroces– se produjo cuando decidieron crear un «movimiento de trabajadores árabes» en las fábricas. Nosotros nos opusimos a ese separatismo comunitarista con la idea del «proletariado internacional de Francia». Fue una batalla decisiva con consecuencias a largo plazo: aquellos que formaron un movimiento de trabajadores árabes hoy pueden dar un giro de ciento ochenta grados y convertirse en apologistas de cualquier otro significante comunitarista. Buena parte de los que hoy son matones al servicio del ejército israelí fueron rabiosamente propalestinos en tiempos de
GP, de un modo aventurero y sumamente precario, excesivamente irreal respecto a la verdadera situación.
Una vez más –y no estoy defendiendo tan sólo a mi propia gente–, la combinación de esas tres características tan sólo es aplicable, en lo que atañe al maoísmo, a GP y, para ser más exactos, a GP de después de 1969. Cabría decir que esa GP fue la heredera, en Francia, de lo peor de los Guardias rojos durante la Revolución cultural. Algunos grupos de Guardias rojos desarrollaron, entre 1967 y 1969, la idea de que se podía dar un vuelco a una situación mediante una ideología todopoderosa y acciones violentas espectaculares.
Siempre pensé que Kuai Dafu, la principal figura de los Guardias rojos de Pekín, se parecía mucho a los dirigentes de GP; adoraban a Lin Biao, su dirigente chino favorito, que decía que había que «cambiar al ser humano en lo más profundo». Les gustaba esa metafísica activista.
Es extraño. Que yo recuerde, la organización en la que estabas era conocida por ser muy sectaria, mientras que GP atraía a los tipos simpáticos. Yo no era el único que pensaba así. La UCFML solía desfilar con pancartas en las que figuraban Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao, gritando sus nombres en ese orden.
¡No, no era así en absoluto, vaya confusión! La gente de la que estás hablando eran el PCMLF, un grupo cerrado, efectivamente estalinista. Estaban vinculados al Estado chino desde tiempos del conflicto chino-soviético.
Podría decirse que, considerada hoy en día, la diferencia entre el PCMLF y la UCFML… Pero en la política revolucionaria, como bien sabes, tales «matices» revisten una importancia fundamental. El PCMLF y la UCFML eran como la noche y el día.
Creo que ha habido tres interpretaciones diferentes del maoísmo en Francia.
La primera, y la más antigua, era que, a diferencia de la URSS de Jruschov, China conservaba un estalinismo radical y que el abandono del estalinismo conduciría antes o después a una disolución general (y a este respecto no estaban equivocados). Estas personas fundaron el PCMLF creyendo que iban a reconstruir un auténtico Partido Comunista de lucha de clases contra el revisionismo del PCF oficial y de la URSS. Era una interpretación tan dogmática como nostálgica. Pero era también el único lugar en el que uno podía encontrar a viejos militantes obreros: en los grupos maoístas había gente joven, pero no mayores, nostálgicos de la gran época de Thorez, de la década de 1950, cuando el partido mandaba en las fábricas y en las barriadas populares. Era verdaderamente una interpretación conservadora. En el extremo opuesto estaba la interpretación ultraizquierdista de GP, que era casi anarquista: se lanzaban ataques temerarios, se montaban acciones espectaculares, se hacía «la revolución en las cabezas», «fundiéndose en las masas», siempre con el ojo puesto en los medios de comunicación. La organización estaba muy centralizada, en secreto; en público se disolvía cada cinco minutos para «liberar» la energía de las masas.
En cuanto a nosotros, la UCFML, diría que éramos una organización de centro izquierda, en el sentido siempre defendido por Mao, que se describía a sí mismo como «centrista». Nosotros poníamos en práctica tres temas esenciales de origen maoísta: el primero era que uno siempre tiene que vincularse con el pueblo, que para los intelectuales la política era un viaje a la sociedad y no una discusión en una habitación cerrada. El trabajo político era definido como trabajo en las fábricas, las barriadas populares y los albergues. Se trataba siempre de montar organizaciones políticas en medio de la vida real de las personas. El segundo era que no se debe participar en las instituciones del Estado burgués: estábamos en contra de los sindicatos tradicionales y del mecanismo electoral. Ninguna infiltración en las denominadas burocracias obreras, ninguna participación en las elecciones; esto nos distinguía radicalmente de los trotskistas.
El tercer punto era que no debíamos tener prisa en llamarnos «partido», en adoptar viejas formas de organización; debíamos permanecer muy cerca de los procesos políticos reales. De resultas de ello, nos encontramos en oposición abierta a las otras dos corrientes principales. Nuestro folleto inaugural atacaba tanto al PCMLF a la derecha y a GP «a la izquierda». Una lucha en dos frentes…
¿Y Tel Quel?
Fueron maoístas tardíos6. La primera lección que la gente de Tel Quel sacó de 1968 fue que debían afiliarse al PCF, un entrismo que más bien repetía la posición surrealista de la década de 1920 y 1930, con la idea de revolucionar a los comunistas desde dentro, mediante el poder innovador de la palabra. Luego adoptaron una postura más maoísta, que a mi juicio no dejó de ser una costra superficial. Pero, hay que decirlo, ciertamente pasaron por el maoísmo, y Philippe Sollers pertenece a aquellos que han recorrido un extraño itinerario entre la década de 1970 y nuestros días: de Waldeck Rochet a Balladur y Royal, pasando por el Gran Timonel.
Es importante observar que el maoísmo de la variante GP estuvo muy marcado por haber estado de moda entre los intelectuales durante unos cinco años, digamos entre 1969 y 1974, y muchas personas se acercaron al mismo por ese motivo; además de Sollers y Sartre, estaba Jean-Luc Godard, por ejemplo. Lo que atraía a estos intelectuales y artistas era un aura de activismo y radicalismo, y no se fijaban en exceso en las políticas que GP llevaba a cabo, que con frecuencia acarreaban artimañas y confundían a la gente. Casi todo cuanto circulaba como propaganda de GP eran medias verdades: donde había un gatito, lo describían como un tigre de Bengala.
Desde el punto de vista de los ambientes de extracción, ¿había una diferencia de orígenes sociales?
No he estudiado en detalle esa cuestión, pero desde mi percepción personal está claro que había muchos jóvenes de la alta burguesía en GP, lo que recuerda al movimiento anarquista ruso. Había también muchas jóvenes del mismo entorno que habían roto con sus familias. Es conocido que GP celebraba reuniones en enormes apartamentos; en alguna ocasión asistí y participé en las mismas. Cuando GP envió un gran contingente a la fábrica de Renault en Flins en junio de 1968 –es preciso recordar que uno de ellos, Gilles Tautin, fue asesinado por los CRS–, organizó una red de emergencia para recoger a los chicos que se habían dispersado por la campiña circundante; y buena parte de la burguesía intelectual parisina, entre los que me encontraba yo mismo, salió en sus coches al rescate de esos militantes. La película de Godard Tout va bien ofrece un cuadro satisfactorio de ese tipo de simpatía al mismo tiempo burguesa, militante, distante y de moda. La fascinación de Yves Montand por los acontecimientos en la fábrica es totalmente característica de la atracción que GP ejercía sobre los intelectuales del periodo. Pero no hay que olvidar que GP, al igual que la UCFML, también contaba en sus filas con trabajadores, jóvenes, argelinos, todo tipo de gente.
Pienso que, si mi experiencia con los comunistas no me hubiera vuelto bastante cauteloso, yo también podría haber seguido esa dirección.
Sí, y yo también, si no me hubiera desalentado desde el principio el elemento de pose flagrante –alardeando de cosas que no existían de verdad– y una especie de histerización de la militancia, que no tardé en advertir que no podía durar demasiado. En lo que a mí respecta, asumí un compromiso permanente, no era una travesura juvenil. El suyo era un estilo de acción aventurero y falaz, pero al mismo tiempo era emocionante, una política que era también una moda, de un arraigo personal poco profundo en realidad: todo esto hizo posible que se produjeran en GP los cambios radicales de posicionamiento político a los que hemos asistido ahora.
La política como excitación no es algo bueno. El ejemplo canónico en Francia es Jacques Doriot, la gran esperanza de la década de 1930, cuando era el alcalde comunista de Saint-Denis. Fue el líder dionisiaco que se dispuso a dar la batalla encabezando sus tropas proletarias. Ese tipo de visionario puede dar un giro de ciento ochenta grados, porque llega un momento en el que, para seguir siendo el centro de atención, para conservar la propia imagen fascinante, uno tiene que ser capaz de conseguir dar un golpe de timón. Doriot se convirtió en un conocido fascista, en un extremista colaborador de los nazis.
El fenómeno del doriotismo se vio agravado por una característica francesa: el vínculo entre los intelectuales y la política, algo excelente desde muchos puntos de vista, pero que tiene sus patologías específicas. Fue así como, en torno a 1969, se creó una hegemonía de la forma más superficial de «maoísmo» en el ambiente intelectual que quería estar a la última, y como hoy asistimos a un fenómeno igualmente extraño, el de intelectuales maoístas que dan un giro de ciento ochenta grados y a los que uno puede ver en la televisión despotricando contra cualquier tipo de política progresista. Cuando Doriot murió ametrallado en su automóvil iba enfundado en el uniforme de las SS. En lo que atañe a nuestros «maoístas» renegados, habría que hablar en realidad de doriotismo como farsa.

(Esta entrevista fue publicada originalmente en lengua francesa en Eric Hazan, Changement de propriétaire, París, 2007)

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