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Una reseña de El Siglo de Alain Badiou.


Por Juan Manuel Melero.




El siglo reúne un ciclo de clases de Alain Badiou, dictadas entre octubre de 1998 y marzo del 2000. Se suma a éstas un epílogo, del año 2004. Su objeto es ni más ni menos que ese siglo cuya línea de cierre, en términos del calendario, nos encontrábamos pisando por entonces. Pero su objetivo no es hacer un balance general o un juicio de valor sobre lo que habría sido el siglo XX, sino intentar una lectura de la subjetividad que lo sostuvo, de las pasiones que le dieron impulso, mediante un trinchado de discursos: las políticas, las artes, las ciencias.
Lo primero que se advierte es que en ese sentido se han ensayado diferentes maneras de circunscribir el siglo, y que ellas dependen, principalmente,  del modo de captar la relación entre violencia y transformación histórica. Entonces, la periodización más difundida, y también la más fuerte en este libro, hace comenzar al siglo en los años 1914-18, lapso de la primera guerra llamada mundial, que incluye además a 1917, año en que se produce la revolución de octubre, dando inicio a la empresa comunista igualmente concebida como planetaria. Guerra y Revolución, son los términos que vertebran este período, que dura sólo 75 años, y culmina junto con la guerra llamada fría, en 1989. Para el autor, este último conflicto fue una especie de puesta en escena de la disposición ontológica del siglo que, más allá de las apariencias, no habría estado presidida ni por la figura de lo “Uno”, ni por la dialéctica, sino por “Lo Dos”, cuya dinámica es la síntesis disyuntiva (Deleuze dixit), y cuya meta en el siglo fue la destrucción de los términos. Se trataría por tanto, de un “antagonismo no dialéctico”.
Badiou sostiene ante nosotros un abanico de tesis fuertes, de entre las cuales una funda el conjunto: es que el siglo pasado no fue el de las ideologías o de las grandes construcciones imaginarias (lo que se correspondería más bien con el siglo XIX), sino que fue un tiempo dominado por la figura de la apuesta definitiva, que traduce una pasión de lo real, es decir, un impulso por maniobrar fuertemente el soporte mismo de la realidad. De ahí una de las tópicas predilecta del siglo, la del hombre nuevo, cuyo reverso también fulgura como un síncope, y se trata del final del hombre.
A lo largo del libro, los campos del arte y de la política son los más explorados, mientras que lo relativo a las ciencias se limita a algunas pocas menciones. Varios poetas son convocados especialmente a decir sobre el siglo: Mandelstam, Pessoa, Celan, entre otros. Entre arte y política del siglo XX se encuentran entrelazamientos profundos a nivel formal. En el capítulo titulado “Vanguardias”, Badiou se pone a escuchar los timbrados del eco producido entre las vanguardias artísticas y las vanguardias políticas. Qué sentido hay en cada una, pero también qué sentido encierran esos significantes de coincidencia.
Aquí la tesis es que hay dos procedimientos princeps para la creación de lo nuevo, entendido como aquello que brota traspasando los semblantes. Se trata de la destrucción y de la sustracción. Procedimientos que permiten trascender la representación –política, artística- y alcanzar la intensidad de un real, una activación de lo Verdadero en lo actual, es decir una acción que lo presenta. Para que esto fuera posible, se postuló como necesaria una depuración que, operada mediante dichos procedimientos, da también la medida de los fundamentalismos –artísticos, políticos- del siglo.
Badiou nos propone una vuelta fuerte al problema de la política y la estética. No faltan en este recorrido algunas coordenadas filosóficas para interpretar el nazismo y el stalinismo.
Cada vanguardia cree dar acceso, fugazmente, a una “pizca de real” en sus manifestaciones. El soporte genérico utilizado para captar ese acceso instantáneo en una fórmula razonada, fue la redacción y publicación de manifiestos, cuyo linaje queda inaugurado retrospectivamente por el Manifiesto del Partido Comunista, de 1848.
El manifiesto toca a un aspecto fundamental de la pasión de lo real, y es el de la construcción del tiempo. La idea de Badiou es clara: el siglo XX buscó hacer presente. ¿Cómo conciliar esto con el género del manifiesto, en el cuál es condición la referencia a un futuro, a lo que vendrá? Respuestas: notando que la subjetividad del siglo estaba convencida de que podía “construir el tiempo”, y hacer que aquello que iba a llegar en el futuro comenzara a efectuarse ya mismo. Eso sí, para hacerlo, sólo se  podía confiar en la vía formalista. Por eso el XX es el siglo de expansión del formalismo, no sólo en la ciencia sino también en la política, en el arte y en la filosofía. También ha de notarse al respecto de este interrogante, que el carácter programático de los manifiestos no hace más que contornear y resaltar mejor la distancia entre sus proposiciones y lo que cada obra lograda presenta como acontecimiento.
Destrucción y Sustracción, como decíamos, para Badiou no se separan, en el siglo, de Innovación. Entonces propone que el arte del siglo se percibe ejemplarmente a partir de un cuadro de Malevich. La obra se titula Cuadrado blanco sobre fondo blanco, y es del año 1918. Su título la describe perfectamente, pues no consiste en otra cosa. Un cuadrado en plano se destaca sobre un fondo plano, ambos son no exactamente blancos. Señalemos dos aspectos de extraordinaria elocuencia: nada de lo que se tenía por bello en la imagen sigue siendo necesario para que haya una obra; y, de lo que se trata es de presentar, despojado, lo real del cuadro.
Luego, una lectura de textos de Mao, da una idea de lo que estos procedimientos pueden significar en política, y el modo en que esta pasión de lo real quedó jugada en la revolución cultural china.
Como muchos lectores de Badiou sabrán, o como pudo haberse advertido a esta altura del comentario, su análisis está presidido por una incorporación filosófica de las teorizaciones lacanianas sobre lo real.
A Lacan, no obstante, se lo nombra muy poco en estas clases. Pero una de las frases en las que aparece, en la página 175, es propuesta por el propio Badiou como compendio de su lectura: De Wittgenstein a Lacan, el siglo está recorrido por el enunciado “no hay metalenguaje”.
En relación al sesgo de su lectura de Lacan, como a otros sesgos, Badiou sabe ir dando pistas sutiles pero honestas, y así como nos deja saber de su empatía histórica con el maoísmo, también menciona su simpatía por los textos de Jacques-Alain Miller.
Lo que aporta el psicoanálisis a esta reconstrucción de la subjetividad del siglo, viene por el lado de Freud, y no es más que la constatación de las mismas hipótesis en un campo original del siglo. El breve capítulo “Crisis de Sexo”, ofrece una variación excelente sobre el tema de las resistencias al psicoanálisis, a partir de una lectura al detalle de los cinco historiales freudianos. Se destaca la autodefensa que Freud antepone al historial de Dora, donde afirma que las licencias del psicoanalista al tratar de temas sexuales con una muchacha, son comparables a las que desde hacía mucho tiempo se otorgaban al ginecólogo. Se trata, entonces, de decir de alguna manera que, en un análisis, se toca un real del sexo.
Llegados a esta instancia, podemos hacer un balance general, no del siglo XX, sino de El Siglo de Alain Badiou. En la opinión de este reseñista, una de las mayores virtudes del libro es que resulta enteramente discutible. Por efecto de la claridad de sus tesis tanto como de su posicionamiento ideológico y de la singularidad de su visión, adquiere este valor paradojal, el que le otorga gran potencia polemizadora. Hoy en día, cuando prima la oferta y la demanda de un saber atópico, el carácter de un libro que mueve el pensamiento sin la pretensión de abarcarlo desde una plataforma probada de verdad, es una gracia. A lo más importante que llega Badiou en múltiples pasajes, es a afirmar que él está convencido de lo que dice.
No tardarán en multiplicarse los libros que intenten sumergirnos en la certeza templada de lo que Badiou dijo, y no en los peñascos inestables de su pensamiento. Son las caricias con las que el mercado espolea a los lectores.
Por lo antedicho, mi punto crítico no se dirige, en el contexto de esta reseña, hacia la discusión de un contenido en particular, sino hacia un punto ciego del planteo. El primer capítulo del libro se titula “Cuestiones de Método”, y consiste en explicitar cuáles serán las reglas de abordaje del siglo. Allí no se hace ninguna salvedad respecto del recorte geopolítico de su lectura. Y es necesario decirlo: la visión de la historia de Badiou es rematadamente euro-céntrica, aunque pretenda lo contrario, y está demasiado afectada por la “era global”. Intenta hacer una referencia abarcadora a la subjetividad del siglo justamente en el período de agitación previo a la globalidad, pero ignora por completo la existencia de distancias cualitativas que hicieron la singularidad de otras regiones. Por dar ejemplos gruesos, citaría el decurso de los populismos en América Latina, los movimientos de liberación de la feminidad, las conflictivas transformaciones en la construcción social de las identidades de género, y las artes de Juan Rulfo, de Lezama Lima y la huella del neobarroco, de Frida Kahlo, etc., nacidos de la entraña del siglo e igualmente irrepetibles y latentes en nuestros días.
Es evidente que nuestro autor mide el alcance ontológico de una civilización por su opulencia material y su consecuente poder de dominio. De allí que no otorgue importancia a lo que, perlaborado en el siglo desde las coordenadas de la colonización cristiana y la pobreza, señala todavía hoy, disperso por el mundo, el problema de la diversidad, dentro y más allá de la diferencia.
Pero claro, esto no quita impulso al pensamiento de Badiou ni puede ser entendido como una carencia, pues al contrario es absolutamente constitutivo de él.
Quizás porque contrarió tan a menudo mis propias convicciones es que disfruté tanto de este libro. Para finalizar, adoptaré una frase que Badiou escribe en un pie de página, mientras se refiere a una obra que acaba de comentar con cierta ligereza: “Para los detalles, que como siempre son lo que cuenta, véase…”

“No tardarán en multiplicarse los libros que intenten sumergirnos en la certeza templada de lo que Badiou dijo, y no en los peñascos inestables de su pensamiento. Son las caricias con las que el mercado espolea a los lectores.”

(*) Psicoanalista, reside y trabaja en la ciudad de Rosario. Provincia de Santa Fe. Argentina.

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