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Reflexiones sobre nuestro tiempo

Badiou, Alain. Ética y Política en Reflexiones sobre nuestro tiempo. Ediciones del Cifrado, Buenos Aires, 1999 (páginas 27/35).



Mi pregunta es: ¿se puede pensar la política hoy en día? ¿Por qué esta pregunta? Porque la política, hoy en día, es oscura. Y lo es por dos razones.

Primera razón: la política está enteramente dominada por la economía. Solo se habla de mercado mundial, de globalización, de déficit del presupuesto y de estabilización monetaria. Ahora bien, esos mecanismos económicos son como potencias ciegas. Una vez instaladas, no se puede constituir ningún sujeto político. La economía pasa a ser una fatalidad exterior que suprime la decisión política.

Segunda razón: en realidad, pensar la política es, siempre, pensar una cierta política. Así, durante mucho tiempo se pensó la política proletaria contra la política burguesa, la política socialista contra la política liberal. Pensar la política supone, pues, que existan varias políticas.

El pensamiento identifica y construye una política en la pluralidad de las políticas.

Actualmente existe una única política, la política liberal, que lleva forzosamente al país a la globalización financiera; es lo que se llama política única. Asistimos, en los más variados horizontes, a un espectáculo desesperante: cuando la oposición llega al poder, ejecuta la misma política que la mayoría anterior.

Si hay una única política posible, es que no hay política alguna. La política se vuelve impensable. ¿Por qué?. Porque en sentido propio deja de ser un pensamiento. La política solo puede ser un pensamiento si decide algo; si afirma que algo es posible donde solo hay una declaración de imposibilidad. La política consiste en pensar y practicar lo que la política dominante declara imposible. Es eso lo que hace que una política sea real. Es real cuando fuerza a existir lo imposible. Si nos dicen que el liberalismo económico, la globalización, el régimen parlamentarista son la única posibilidad, que hacer otra cosa es imposible, precisamente entonces afirmamos que solo hay una política real donde se dice que ella es imposible. Afrontar lo imposible nos da miedo, y por esa razón la política es oscura.

Para ubicar el problema, es necesario retomar todos los datos.

En la cuestión política, hay siempre tres elementos:

Las personas, con lo que ellas hacen y piensan.
Las organizaciones: los sindicatos, las asociaciones, los grupos, los comités. Y los partidos.
Los órganos del poder del Estado, los organismos oficiales y constitucionales de los poderes: asambleas legislativas, el poder presidencial, la administración, los poderes locales.

Toda política es un proceso de articulación entre esos tres elementos. Se los puede llamar simplemente el pueblo, las organizaciones políticas y sociales, el Estado. La política consiste en perseguir objetivos articulando al pueblo, las organizaciones y el Estado.

Una concepción clásica de esa articulación dice lo siguiente:

Las tendencias ideológicas, de los distintos segmentos sociales, más o menos ligadas al estatuto social, a la clase, a la práctica social, difieren entre sí. Esas tendencias tienen objetivos diferentes.

Tales tendencias son representadas por organizaciones y partidos.

Esos partidos están en conflicto, pues todos se proponen obtener el poder del Estado y utilizarlo para sus objetivos.

A partir de este enfoque podemos identificar cuatro grandes orientaciones: la revolucionaria, la fascista, la reformista y la conservadora. 

La concepción revolucionaria, y también la concepción fascista, dirán que el conflicto es necesariamente violento.

Las concepciones reformistas y conservadoras dirán que este conflicto puede mantenerse dentro de las reglas constitucionales.

Pero esas cuatro políticas están de acuerdo acerca de un punto: la política es la representación, por medio de organizaciones, del conflicto de intereses y de ideologías. Y esa representación tiene por objetivo apoderarse del Estado.

La articulación entre el pueblo, las organizaciones y el Estado pasa por la idea de representación. 

La forma moderna de esa idea es el parlamentarismo, que podemos encontrar en su acepción formal, como en Francia, o en una de sus variantes, como en Brasil. ¿Cuál es la idea general del parlamentarismo? Organizar la representación en todos los niveles en función de las elecciones como mecanismo central.

En un primer momento, las tendencias presentes en el pueblo pueden organizarse libremente en asociaciones. Son representadas, en diferentes aspectos de su práctica, por esas asociaciones o sindicatos, y expresan sus ideas, sus reivindicaciones, sus voluntades, con acciones públicas (derecho de huelga, derecho de manifestación, derecho de publicación) y algunos otros medios. Entre esas asociaciones están los partidos políticos. Los partidos políticos disfrutan de una particularidad que los caracteriza: son los únicos representados directamente en el Estado. Como sabemos el Estado se constituye a partir del mecanismo electoral, y los candidatos se valen de los partidos. Luego, el partido es el lazo representativo entre el pueblo y el Estado.

En el parlamentarismo, la política está enteramente subordinada al Estado. ¿Por qué? Porque la única articulación completa entre los tres términos (pueblo, organización, Estado) se realiza en el momento del voto. En ese momento la representación del pueblo en los partidos se convierte también en una representación de los partidos en el Estado. Pero el voto es regulado, organizado por el propio Estado en un marco constitucional, y se supone que este marco es aceptado por todos.

Se supone, pues, un consenso político acerca de la idea de la representación. Y en el corazón de ese consenso existe el Estado. Las movilizaciones populares son solo medios de presión, porque son articulaciones incompletas y no disfrutan directamente del estatuto de representaciones en el nivel del Estado. Fundamentalmente, ellas aceptan el consenso.

De modo que el parlamentarismo es una forma política que excluye las rupturas. Porque hay al menos una cosa cuya continuidad se garantiza: el Estado y su mecanismo representativo. En el nivel del Estado, el parlamentarismo es conservador.

¿Por qué el parlamentarismo es hoy en día dominante? Porque las políticas de ruptura fracasaron, fueran ellas dictaduras revolucionarias o dictaduras militares.

Pero, atención, todos esos intentos conservaban la idea de la representación. Los partidos comunistas pretendían que representaban a una clase, el proletariado; los partidos fascistas pretendían que representaban a la comunidad nacional. Y estos ensayos ponían por igual la política bajo la autoridad del Estado. Se trataba de tomar el Estado y de actuar sobre la sociedad de modo autoritario con los medios del Estado. 

El parlamentarismo venció finalmente por esa razón:

Es la mejor política posible, si admitimos tres cosas: 
Que la política es ante todo un mecanismo de representación.
Que existen organizaciones especiales, los partidos, que representan las tendencias de la sociedad en el Estado.
Que debe existir un consenso organizado por el Estado; el Estado es entonces lo que asegura la continuidad política.

Estas tres condiciones eran aceptadas tanto por los revolucionarios como por los conservadores. Pero el parlamentarismo es la forma más flexible y más eficaz de organización de estas tres condiciones. En el fondo, limita el conflicto y deja que se confronten los reformistas y los conservadores. Es así como amplía el consenso.

El problema actual es saber si resulta necesario pensar la política en el marco de estas tres condiciones. De ser así, habrá que aceptar el parlamentarismo. Esto quiere decir que un partido progresista tendrá dos funciones contradictorias:

Deberá animar las asociaciones populares, lo que supone independencia respecto del Estado, la autonomía política con relación al consenso.

Al mismo tiempo, tendrá que presentarse a elecciones, ocupar puestos de poder, luego adoptar las reglas del consenso y administrar el Estado.

Diez años en el poder de la izquierda francesa eliminaron esta contradicción. El número de desempleados se duplicó. El sindicalismo está en crisis. La figura popular y obrera está ausente de las representaciones políticas. Muchos intelectuales se pasaron a la derecha. El partido de extrema derecha triplicó sus votos. Es un fracaso total. 

Es necesario repensar enteramente la política. A partir de cuatro ideas:

Independencia total del proceso político organizado respecto del Estado, lo que implica un pensamiento-práctica en ruptura con el consenso constitucional y formal.

Abandono de la idea de la representación. Una política no representa a nadie. En sí misma encuentra la autoridad para existir.

Concepción de la acción militante como desligada de cualquier perspectiva de ocupación del Estado. Se trata de producir y organizar rupturas subjetivas en el pueblo, y de tal modo encaminar, aquí y ahora, la extinción progresiva del Estado.

La organización política no es un partido, pues todo partido es determinado por el Estado. La política debe ser una política  sin partido. 

Solo ahora hablaré de ética. Pienso que hoy, una política nueva puede pretender ser, al mismo tiempo, una ética. Hay dos razones para esto.

Primera razón: en las políticas de representación no puede haber ética, pues, para un sujeto, la acción ética es justamente aquella que no puede ser delegada ni representada. En la ética, el sujeto se presenta él mismo, decide él mismo, declara lo que él quiere en su propio nombre.

Segunda razón: en las políticas comunes, el centro de la política es el Estado. El Estado no tiene ninguna ética. El Estado es responsable de dos cosas:

El funcionamiento mínimo de la economía y de los servicios colectivos. El Estado es funcional.

Un mínimo de paz civil, un mínimo de acuerdo entre las personas. El Estado es consensual.

Hay una objeción posible: existe una diferencia enorme entre un Estado dictatorial y criminal, y un Estado constitucional que admite las elecciones. Las experiencias de la Argentina, Brasil y Chile son, en este punto, dolorosas e importantes.

Es verdad, existe una diferencia enorme. Pero ella no tiene nada que ver con la ética. Es una diferencia jurídica. En el Estado dictatorial y criminal, el derecho es suprimido por ciertas acciones o por ciertas personas. En el Estado constitucional, el derecho es, o pretende ser, general.
La causa de esta diferencia está en la elección del referente principal de la política de Estado. En el Estado dictatorial, el referente es la seguridad del propio Estado.  El centro de la actividad del Estado es la destrucción de sus adversarios, lo cual lleva a la supresión del derecho y al terrorismo de Estado.

En el Estado parlamentarista, el referente es la economía de competencia, la libre circulación de los capitales, el mercado mundial. La economía capitalista necesita del derecho. Necesita de la libertad de elección y circulación de los consumidores, (33) pero con la salvedad de que se concede el derecho en la medida en que haya un acuerdo general sobre las reglas del Estado. El Estado parlamentarista es un Estado de derecho, pero no por razones éticas, sino porque hay un gran consenso acerca de su referente central, que es la economía de mercado, de modo que no se necesita tomar la seguridad del Estado como referente principal. El derecho es entonces favorable a la economía, y por lo tanto favorable al Estado, que tiene la economía como referente principal.

Finalmente, es preciso diferenciar cuatro términos, a saber: el Estado, lo jurídico, la política, la ética.

1.       El Estado se vale desde siempre de un referente principal. Por ejemplo, en la guerra, este referente es la nación o el territorio. En una dictadura, es la seguridad del Estado. En el parlamentarismo, es el mercado mundial.
2.       Lo jurídico es una forma social fijada por el Estado. Su existencia y su generalización están estrictamente ligadas al referente principal, que es el Estado. Cuando es la nación, la seguridad o, como en la Unión Soviética, la clase y el Partido, no hay casi ningún derecho. Cuando es la economía de mercado, el derecho existe.
3.       La política, en su modelo clásico o representativo, ligada al Estado, tiende a confundirse con este. Examina cuestiones de Estado, como la de si el derecho es o no necesario, o la de si es necesaria o no la integración en el mercado mundial.
En el nuevo modelo de la política, la auto organización política del pueblo vale por sí misma. Es un pensamiento operante y colectivo que no quiere ocupar el Estado, sino forzarlo a hacer esto o aquello. No es una actividad de poder, es una actividad libre. Es una subjetividad que se presenta, sin hacerse representar.
4.        La ética no tiene ningún vínculo con el Estado. Sin embargo, un Estado puede cometer crímenes. Pero el juicio de esos crímenes no es de orden ético, y, en realidad, cuando el juicio existe, se omite el referente principal en cuyo nombre se (34) cometieron esos crímenes; de inmediato se propone otro referente, otra forma de Estado. Esa es la razón por la cual, cuando un Estado sucede a otro, por lo general no castiga los crímenes, o los castiga muy poco. Precisamente porque el juicio no es de orden ético, ni siquiera de orden político. Depende del Estado, que es funcional y consensual, y busca pues la continuidad, nunca la ruptura.

La ética no tiene tampoco una verdadera relación con lo jurídico. Pues lo jurídico está destinado a asegurar un funcionamiento correcto de la situación colectiva. Lo jurídico depende de las relaciones entre el Estado y la economía de competencia. Si, por ejemplo, los norteamericanos o los europeos envían tropas para “restablecer los derechos del hombre”, esto solo significa que quieren imponer un Estado que respete las reglas del mercado mundial. La ética es solamente un discurso de propaganda.

La ética no tiene nada que ver con las políticas de representación. El punto principal es que estas políticas se rigen por un principio de interés. El partido representa los intereses de quienes votan por él. Y tiene su propio interés, que es instalarse en el Estado. Todo el problema de los políticos consiste en aliar esos dos intereses: el interés de su clientela y su propio interés por el Estado. La experiencia demuestra que siempre prevalece el interés ligado al poder, al Estado. Pero, de todos modos, el juego de los intereses y de las opiniones regulado por el Estado no tiene nada que ver con la ética. Cuando aparece es un tema ideológico.

Finalmente, se llama ética a una máxima subjetiva o una acción estrictamente ligada a los principios universales. Entonces, solo se puede considerar concerniente a la ética una política que tiene las cuatro características siguientes:

No es representativa, se presenta directamente.
No busca el poder de Estado, solo quiere forzar al Estado.
No es jurídica, es subjetiva.
No tiene un referente particular ni está ligada a los intereses de un grupo, una comunidad.
Una nación o una clase; es universal y desinteresada.

¿Tal política existe, puede existir? Ese es todo nuestro problema. La respuesta depende del caso, del acontecimiento.

Pero quizá la primera exigencia ética consista en desear que tal política exista. Y, como dice Lacan, en no ceder nunca en este deseo.




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